Tras 20 años de gobierno, asediado por las protestas y una salud deteriorada, el presidente de Argelia presentó oficialmente su dimisión al Consejo Constitucional.
Este 2 de abril se materializó lo que por seis semanas pidieron miles de argelinos en las calles: dimitió el longevo presidente Abdelaziz Bouteflika luego de que gobernara al país desde 1999.
Desde que anunció su quinta candidatura el pasado 10 de febrero, miles de personas se unieron en protestas en diferentes puntos del país para condenar lo que denominaron como un régimen.
Bouteflika, de 82 años, sufrió un accidente cardiovascular en 2013 que le impidió hacer campaña para las presidenciales del año siguiente. Aún así ganó las elecciones. Desde entonces se trasladó en silla de ruedas y sus apariciones públicas fueron poco habituales.
La presión en las calles hizo que Bouteflika pospusiera la fecha de las elecciones y retirara su postulación. Luego vino la promesa de una reforma profunda del gobierno y sus instituciones por medio de una nueva Constitución. Pero la presión siguió hasta que el líder argelino anunciara el pasado 1 de abril que renunciaría antes del 28 de abril.
Un día después la renuncia se hizo realidad con la exigencia del jefe del Ejército, Ahmed Gaed Salah, para que su otrora jefe dejara el cargo de forma “inmediata”.
Bouteflika se estableció en el poder en 1999 al terminar una guerra civil que tuvo al país en ruinas, pero se deshizo de la corrupción y el estancamiento económico.
A los 82 años, este veterano de la guerra de independencia de Argelia (1954-1962), rara vez ha sido visto en público desde que sufrió un derrame cerebral en 2013.
En 1963, a la edad de 26 años, Bouteflika fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores, un puesto que desempeñaría durante tres lustros y que le convertiría en la cara amable del régimen militar argelino en tiempos convulsos.
Defendió los estados poscoloniales, desafió lo que vio como la hegemonía de Estados Unidos y ayudó a convertir a su país en un semillero del idealismo de los años sesenta.
Firme partidario del socialismo árabe, de la organización de los Países No Alineados que dio voz global a África, Asia y América Latina y de la causa palestina, Bouteflika desempeñó un papel fundamental en la década de los setenta.
En 1999, apoyado por una amplia facción de las Fuerzas Armadas, se presentó como candidato a la presidencia, que ganó con un 75 % de los votos después de que el resto de candidatos se retiraran tras denunciar un posible fraude electoral.
Ayudada por los ingresos del petróleo y el gas, Argelia se volvió más pacífica y rica. Pero siguió sumida en la corrupción y el letargo político y económico en una región donde los levantamientos trajeron cambios en otros lugares.
Ganó la reelección en 2004 y nuevamente en 2009, aunque sus oponentes dijeron que hubo fraude electoral. A través de una serie de feroces batallas territoriales con sus fuerzas de seguridad tras bambalinas, para el comienzo de su tercer mandato, Bouteflika se había convertido en el presidente más poderoso de Argelia en 30 años.
Volvió a ganar las elecciones presidenciales de 2014, sin siquiera haber participado en la campaña electoral, que dirigió el después primer ministro, Abdelmalek Sellal, en un proceso boicoteado por la mayoría de partidos.

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El presidente de Argelia, Abdelaziz Buteflika, ha anunciado este lunes a través de una carta que renuncia a un quinto mandato presidencial, tal como le han venido exigiendo millones de ciudadanos desde hace tres semanas. Al caer la tarde, la agencia oficial APS distribuyó una carta atribuida al presidente, de 82 años, en la que Buteflika promete aplazar sin fecha las elecciones previstas para el 18 de abril. A pesar de las promesas de apertura efectuadas por el presidente, en el poder desde hace 20 años, su estado de salud, su capacidad real de expresión y de compresión son todavía un secreto de Estado.
El presidente argelino también anunció en su mensaje escrito la convocatoria de una conferencia nacional “inclusiva e independiente” encargada de poner en marcha el “proceso de transformación” con un proyecto de nueva Constitución. Esta conferencia será presidida por una “personalidad independiente, consensual y experimentada”. “La conferencia debe esforzarse en completar su mandato antes de que concluya 2019”, según reza el mensaje. El presidente no propone ninguna fecha para esos comicios. En cambio, indica que para contribuir de “manera óptima” a la convocatoria de esas elecciones en condiciones de “libertad” y “transparencia” se formará un Gobierno integrado por miembros de esa conferencia nacional.
Buteflika regresó el domingo a Argel después de pasar dos semanas en el Hospital Universitario de Ginebra. La presidencia había emitido un comunicado en el que informaba de que el mandatario viajó para someterse a un “control médico rutinario”. Pero no volvió a informar sobre los resultados de ese control.
El país llevaba tres semanas alzado contra las intenciones del presidente argelino de presentarse a un quinto mandato. Muchos activistas daban por descontado que el presidente caería. El debate en las redes giraba en los últimos días en torno al periodo de transición. Miles de estudiantes habían salido a las calles, a pesar de que el Gobierno decretó vacaciones forzosas para intentar desactivar la movilización. Y en las redes se había convocado este domingo una huelga general con desigual seguimiento. Ese es el panorama que se encontró Buteflika al regresar a Argel.
En los últimos días, Buteflika ha ido perdiendo apoyo dentro de su régimen. Secciones del sindicato mayoritario y organizaciones de antiguos combatientes han ido expresando su apoyo a las protestas contra el quinto mandato. El régimen se ha mostrado más débil que nunca en sus últimos 20 años.

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“La manifestación de los 20 millones”, la mitad de la población argelina. “Ellos tienen los millones, nosotros somos millones”. “Régimen asesino”. “Bouteflika lárgate”. “Argelia es una república, no una monarquía”. Con pancartas con estos eslóganes escritos o coreándolos, millones de argelinos, entre ellos numerosas mujeres, se echaron a las calles de las principales ciudades del país para exigir no solo la renuncia de su presidente, sino la caída del régimen.
“La calle ha zanjado: el sistema Bouteflika está acabado y la transición empieza ahora”, titulaba al caer la noche en su web TSA, el principal diario digital francófono argelino haciendo un balance de la jornada “histórica” de protesta. El régimen no parece aún del todo agotado, pero sí se está resquebrajando. Prueba de ello es que siete parlamentarios y miembros del Comité Central del Frente de Liberación Nacional (FLN), el antiguo partido único cuyo candidato presidencial es Bouteflika, presentaron ayer su dimisión.
A mediados de semana la poderosa Organización Nacional de los Muyahidines, que reagrupa a los excombatientes de la guerra de la independencia contra Francia, se alineó también con las reivindicaciones de la calle.
Desde hace casi tres semanas las protestas son constantes y los viernes son masivas. Las de ayer fueron, probablemente, por el número estimado de manifestantes, las mayores de la historia de Argelia desde la independencia, más numerosas que las de la efímera “primavera árabe” argelina en 2011 y que las de 1988 que marcaron el inicio en un corto paréntesis democrático. Lo cerró el golpe de Estado militar de 1992 y la consiguiente guerra civil larvada que opuso al Ejército y a las milicias islamistas.
Las manifestaciones fueron a grandes rasgos pacíficas en las capitales de provincias, pero en Argel grupos de jóvenes intentaron acercarse al palacio presidencial. Los antidisturbios se lo impidieron disparando granadas lacrimógenas y cargando.
Las movilizaciones del viernes son la respuesta popular a Bouteflika que presentó el domingo pasado su candidatura a un quinto mandato, es presidente desde veinte años, pese a estar gravemente enfermo desde que en 2013 sufrió un derrame cerebral. Está ingresado desde el 24 de febrero en la planta de privados del Hospital Universitario de Ginebra para someterse a un “control rutinario”, según la versión oficial, que se prologa desde hace doce días. La prensa suiza afirma que su estado de salud es muy delicado.
Anticipándose a Bouteflika el jefe del Estado Mayor, el general Ahmed Said Salah, pronunció el martes un discurso en el que señalaba, sin precisar quiénes eran, a los que buscan “que Argelia vuelva” a los años de la guerra civil, pero recordó que el Ejército es “el garante” de la estabilidad. Hasta ahora la represión de las manifestaciones, llevada a cabo con cautela, ha corrido exclusivamente a cargo de las fuerzas del orden.
Una salida a la crisis podría ser que el Consejo Constitucional, el órgano que registró las candidaturas de los aspirantes a presidente, declarase no válida la candidatura de Bouteflika, invocando cualquier pretexto.
Aun así las masas que recorren las calles de Argel probablemente no se conformarían. No solo exigen que el presidente de vaya sino que el sistema autoritario que encabeza se desmantele.

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Al menos 257 personas perdieron la vida al estrellarse un avión militar argelino en una zona agrícola situada cerca de la ciudad de Blida, a unos 43 kilómetros al oeste de Argel, informó la Protección Civil.

Según un responsable de este servicio en la referida localidad, 247 de las víctimas mortales son pasajeros del vuelo, en su mayoría soldados y oficiales del Ejército argelino, y las diez restantes miembros de la tripulación.
Fuentes oficiales en los campos de refugiados saharauis en Tinduf, localidad hacia la que se dirigía el aparato, revelaron a Efe, por su parte, que 30 de los fallecidos son civiles saharauis que habían viajado a Argel para diferentes tipos de trámites burocráticos y médicos.
Nada más conocerse la noticia, el presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), Brahim Ghali, decretó siete días de duelo oficial, explicaron las mismas fuentes.
El avión, de fabricación rusa y clase Iliushin, se precipitó al al vacío pocos minutos después de despegar de la base militar de Bufarik, próxima a la capital, y tenía previsto realizar una escala en la ciudad de Bechar.
Desde allí se preveía que llegara al mediodía a Tinduf, una área de importante actividad militar al ser fronteriza con Marruecos y albergar desde hace 40 años a la población saharaui expulsada tras la ocupación marroquí de la antigua colonia española del Sahara Occidental.
A esa hora, sin embargo, todavía era visible este miércoles una densa columna de humo que ascendía junto a la carretera que une Blida con Argel, y audible el ulular de las sirenas de ambulancias, camiones de bomberos y coches de policía.
Este es el accidente aéreo más grave sufrido por Argelia desde que en 2014 un total de 77 personas murieran al estrellarse un avión de transporte militar de la clase Hércules C-130 en la región montañosa de Oum el-Bouaghi, a 500 kilómetros al este de Argel.
Además, en marzo de 2016 un total de 12 militares argelinos perecieron al precipitarse un helicóptero MI-171 de las Fuerzas Aéreas argelinas durante una misión en el desierto del Sáhara, en una zona próxima a la frontera con Mali.
En aquella ocasión, las autoridades argelinas aseguraron que se trató de un fallo técnico.

 

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