La peor tragedia natural en la historia reciente de Grecia ha dejado desde el lunes al menos 74 muertos y más de 180 heridos tras el paso de una lengua de fuego por el norte y noroeste del Ática, la región que rodea la capital griega. Todas las víctimas, entre las que hay adolescentes, niños e incluso un bebé de seis meses, han sido halladas en el área comprendida entre el puerto de Rafina, a unos 30 kilómetros de Atenas, y Nea Makri, unos diez kilómetros más al norte, con la zona cero localizada en Mati, una típica localidad balnearia muy frecuentada por los locales.
Las autoridades helenas, que han declarado el estado de emergencia y pedido ayuda a sus socios europeos, sugieren que los incendios podrían haber sido provocados. También han solicitado un dron especial a Estados Unidos (EE UU) para rastrear toda huella de “actividad sospechosa” —como la calificó el martes el portavoz del Gobierno— al constatarse la existencia, en la tarde del lunes, de 15 focos de fuego simultáneos en tres frentes distintos en el Ática. Además, las autoridades han pedido a los vecinos que informen si desconocen paradero de familiares y amigos que residen en las zonas afectadas. La sospecha de que tras los incendios pueda estar la especulación inmobiliaria o incluso el indisimulado intento de construir parques eólicos son hipótesis plausibles para muchos griegos.
También el afán especulador ha demostrado ser un factor clave en los incendios registrados en los últimos años, como los que en agosto de 2009 afectaron a zonas boscosas al norte y noroeste de Atenas, menos graves y sin daños personales. La hiperpoblada capital griega como epicentro alrededor del cual gravitan, un año tras otro, demasiados fuegos: sucesos provocados para lograr la recalificación de terrenos, sumados al ansia de promotores inmobiliarios.

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